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Nuestro Señor Jesucristo soportó en este mundo todo el peso del mal. Así lo describe magníficamente el salmo:
“Mi alma está saciada de males,
y mi vida al borde del sepulcro…
Has alejado de mí a los amigos,
me has hecho objeto de abominación para ellos;
me encuentro encerrado, sin poder salir.
Mis ojos flaquean de miseria…
vivo muriendo desde niño;
soporté tus terrores y ya no puedo más…
mi familia son las tinieblas”
(Salmo LXXXVIII, 4.9.10.16.19)