En todos los tiempos encontramos gente que creen ser buenos y justos y, por esa razón, desprecian a los demás. Estas personas se atribuyen las buenas cualidades que tienen a sí mismos, y no a Dios.
Así eran (y aún son) los Fariseos. Se imaginaban a sí mismos modelos de santidad a causa de su estricta y celosa observancia exterior, mientras que a los demás los consideraban malos. Nuestro Señor Jesucristo elevó su voz en contra de estos hombres orgullosos y arrogantes, y mostró que Dios resiste a los soberbios, y da su gracia a los humildes.
