La muerte es un huésped que no es invitado. Esta vez visitó el hermoso pueblo de Naim, al pie del Tabor. Cuando Nuestro Señor iba al pueblo junto con sus discípulos y una gran muchedumbre que lo seguía, al llegar a la puerta, encontró que sacaban a un difunto, hijo de una madre viuda.
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Cristo llegó a Naim justo cuando estaban sacando al difunto para enterrarlo. Este hecho es sin duda una notable coincidencia que no debe ser atribuido a un destino ciego o mera casualidad. Los cristianos firmemente creemos que todo está dispuesto por Dios.

