Los judíos acostumbraban a celebrar con suntuosas comidas los Sábados y los días de Fiesta. Los ricos, como los Escribas y Fariseos, solían tener invitados a sus banquetes, de ahí que Nuestro Señor Jesucristo estuviera presente en uno de ellos.
Jesús bien sabía que su presencia en el banquete no era motivada por amistad sino para tenderle una trampa y, si fuera posible, destruirlo. De todos modos, aceptó la invitación pues ésta le daría una oportunidad para curar al hombre hidrópico y para instruir a la pobre gente ignorante embaucada por los Fariseos.
